Y me entró la nostalgia. Parte I






El 12 de mayo de cada año se celebra el Día internacional de enfermería, en conmemoración del natalicio de Florence Nightingale, quien se reconoce como pionera en la profesionalización de enfermería; sin embargo este año es especial puesto que se celebra los 200 años de su nacimiento.

Como se imaginan, el reto para la celebración no era poco, esto por las condiciones en las cuales se realiza la celebración,  primero la Organización Mundial de la Salud (OMS) junto con otras organizaciones decidieron impulsar estrategias para el desarrollo y el posicionamiento de la labor de millones de enfermeros en el mundo, bajo una serie de iniciativas entre las cuales sobresale Nursing Now, donde se propusieron  cinco objetivos (alcanzar mayor inversión para mejorar la educación y el desarrollo de los enfermeros, mayor y mejor difusión de prácticas efectivas, mayor participación de las enfermeras en salud publica, más enfermeras en puestos de liderazgo y aumento de las evidencias sobre las barreras para el alcance del máximo potencial de enfermería) por otra parte, la medida de aislamiento impulso la necesidad de reinvención, mediante el desarrollo de nuevos aprendizajes, que facilitaran el encuentro para la celebración de esta fecha tan importante, sin olvidar la necesidad de convocar a la participación de la comunidad de enfermería, que según mi interpretación parece ajena a cualquier iniciativa desarrollada desde el gremio.  Fueron casi dos semanas invertidas para la planeación, organización y ejecución de las actividades propuestas desde la Institución en la cual laboro (por esto no tuve oportunidad de realizar mi publicación habitual en este blog) y al finalizar este periodo las experiencias transitadas me impulsaron a los brazos de la historia, que con un tajo de nostalgia me permitió encontrar sentido a muchas de las situaciones experimentadas. 
 
Es por esto que decidí compartir con ustedes algo de esta historia, con el propósito de refrescar la memoria de aquellos que integran la comunidad de enfermeros y permitir encontrar sentido a muchas de las situaciones que transitamos como enfermeros, porque muy bien reza la frase de Napoleón "Aquel que no conoce su historia esta condenado a repetirla"; esta entrega pretendo hacerla en dos partes.  Esta es la primera!
 
El desarrollo de habilidades para el cuidado de las personas es casi tan antiguo como la humanidad misma, según lo cuenta Colliere en su libro “Promover la vida”, en las civilizaciones tradicionales, la mujer se encargaba de curar o perjudicar a las personas por medio de recetas misteriosas, que habían conocido al estar en interacción continua con la naturaleza - lo cual le permitía estar enterada de sus secretos-; ya sea como matronas, hechiceras o comadronas, poco a poco aquellas mujeres fueron construyendo saberes comunes que se convirtieron  en todo un tratado cultural para el cuidado de las personas; tratado que les fue arrebatado durante la expansión cristiana, bajo un precepto misógino fundamentado en el origen del hombre como descendiente directo de Dios y por lo tanto como único ser en el derecho de poseer y desarrollar conocimientos.  
La visión religiosa del proceso de salud y enfermedad, modifica notoriamente el abordaje de los cuidados proporcionados a los enfermos, puesto que al ser la enfermedad un castigo impuesto por el Dios supremo, servía como medio para purgar el pecado cometido contra él ; razón por la cual los cuidados proporcionados, se limitaron en gran medida al acompañamiento espiritual, y los síntomas físicos eran pobremente abordados ya que se consideraban como el medio de purificación del alma.   
Junto con el arribo del cristianismo al Imperio romano,  las antiguas instituciones dedicadas al albergue de los enfermos, pasaron a manos sacerdotales, quienes proveían de acompañamiento y cuidado a las personas enfermas en colaboración con presbíteros, diáconos y diaconisas, que no contaban necesariamente con la formación suficiente para el desempeño de cuidados sanitarios ; en este contexto, el acompañamiento a los enfermos era visto como una labor altruista, altamente caritativa y representativa del amor hacia el prójimo (precepto central de la ideología cristiana) desempeñada en múltiples ocasiones por personas de altas posiciones sociales; este es el caso de Fabiola de Roma, quien perteneciendo a la nobleza romana decidió, como lo relata Atilio Serafini “dedicar su fortuna a la caridad y a establecer un hospital en Roma, donde se supone que cuidó personalmente a los pacientes y se incorporó a un círculo de mujeres piadosas alrededor de San Jerónimo” 
Después del año 1130, los representantes de la iglesia prohíben la realización de prácticas médicas por parte de los clérigos, abandonando en manos laicas la prestación de cuidados sanitarios. Desde allí y poco a poco el espíritu caritativo, que hasta al momento  había fundamentado los cuidados proporcionados a los enfermos, se fue desvaneciendo entre las múltiples oportunidades y transformaciones que acompañaron el desarrollo social. Para el siglo XIX, la mayor parte de los enfermos eran atendidos por personas sin preparación, pertenecientes a la clase social baja, lo cual, aunado a  las inadecuadas condiciones higiénicas de las instituciones hospitalarias,  la escasa calidad de los cuidados médicos de la época y la vulnerabilidad social originada por la revolución industrial generó un fenómeno social, que inspiró a Elizabeth Fray para la formación de refugios destinados a proveer asistencia física y espiritual a mujeres, por medio de la instrucción de oficios más dignos que los realizados por ellas hasta ese momento; según narra Serafini, esta iniciativa inspiró al pastor protestante Theodor Fliedner, quien inicialmente creó un refugio para mujeres donde además de brindarles asistencia, las entrenó en la “atención de los enfermos pobres y concibió un cuerpo especializado de mujeres entrenadas en enfermería” .
 
La iniciativa de Fliedner, al poco tiempo germinó con excelentes resultados, ganando el apoyo del gobierno local, quien lo financió para fundar el Hospital y el Instituto de diaconisas de Kaiserswerth (Alemania) lugar que promovió la enseñanza de elementos para el cuidado de los enfermos, mediante el desarrollo de habilidades clínicas, hospitalarias, domiciliarias, éticas y doctrinales, además de una formación suficiente de farmacia, elemento necesario para aprobar los exámenes estatales.  Las Diaconisas constituían entonces una orden secular bajo la instrucción médica; instrucción que se realizaba durante un año y que era complementada mediante rotaciones prácticas desarrolladas dentro de los servicios del Hospital Kaiserswerth -las cuales no eran remuneradas.   En 1851 Florence Nightingale se inscribe como diaconisa de esta escuela, realizando el curso regular de un año de intensidad y graduándose como enfermera junto con otras 200 diaconisas; posterior a lo cual, su obra y aportes para la formación de enfermeras profesionales se vuelven invaluables y ampliamente reconocidos a partir del Proyecto Nightingale, sin embargo, vale reconocer la labor desarrollada por su contemporánea,  la enfermera Ethel Fenwick, quien también realizó aportes significativos para la profesionalización de los enfermeros.
 
Asunto que trataremos en la siguiente entrada de mi blog... "Y me entro la nostalgia. Parte II"

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